En busca de la identidad
En busca de la identidad
Se dice que nuestra primera necesidad como cuerpos animales es conservar la vida, la supervivencia. Esto sin duda es así, no hay más que examinar nuestra existencia para confirmarlo. Continuar existiendo es nuestra primera prioridad.
Ahora bien, como seres autoconscientes que llevamos un registro biográfico del transcurrir de nuestra historia personal, nuestra primera necesidad, superpuesta a la supervivencia, es la identidad. Conservar nuestra identidad. Y conservarla frente a los altibajos y las pruebas de la biografía, frente a los avatares de la vida, las circunstancias que no podemos prever y a veces tampoco afrontar.
Ponemos el mayor de los cuidados en pulir la imagen que tenemos de nosotros mismos y en intentar consevarla intacta, incólume, en la mente de los demás. Nuestra primera imagen se forja en brazos de nuestra madre, de nuestro padre, de la familia cercana, adornada con cariños y halagos que nos saben a música celestial. El amor de nuestra madre nos da vida y nos permite sintonizar con la longitud de onda de este mundo perceptivo, porque inicialmente, aunque ya no lo recordamos, nos cuesta mucho aterrizar aquí. Estabilizar la percepción del bebé y del niño pequeño requiere mucho esfuerzo interno, aunque posiblemente esto ya se nos ha olvidado. Cuando miramos una puerta tenemos que querer que sea una puerta, y no una mancha de luz. De hecho, la percepción no se estabiliza hasta que tenemos creencias fijas, verdades establecidas, y por tanto claras expectativas con respecto a la realidad.
Después, en algún momento de la vida, se produce la venta del alma. En algún momento de nuestra exitencia, tal vez entre la infancia y la adolescencia, la socialización nos fuerza a adaptar nuestra identidad a los criterios y patrones colectivos. La identidad innata que podemos sentir queda suplantada por la imagen social que somos capaces de forjar y defender ante los ataques externos.
En ese momento en que nos dejamos definir por los demás, por los patrones colectivos, vendemos nuestra alma. De repente, toda la atención está en la forma: somos demasiado de algo y no encajamos: demasiado gordos o flacos, altos o bajos, listos o tontos. La venta del alma duele como haberse tragado una brasa ardiente. Y duele porque supone claudicar, traicionarse por un poco de adaptación al medio. Nuestra función identidad superior y autoconsciente al servicio de la adaptación animal darwiniana.
Cuando hemos vendido el alma somos excéntricos, estamos fuera de nosotros. Ya no hay un dentro desde el que me pueda orientar y caigo, cedo, ante la orientación externa. Doblo la rodilla y me someto al colectivo. Y el colectivo a menudo es cruel, socializa al individuo por su punto flaco. Los “motes” no suelen exaltar precisamente las mejores cualidades de las personas, sino sus puntos flacos.
De adultos mendigamos amor porque mendigamos identidad. Queremos saber quiénes somos: la identidad es nuestra primera necesidad como seres autoconscientes. Es lo que buscamos y perseguimos en las relaciones, en particular en las relaciones de pareja. En la relación especular del vínculo de pareja buscamos el espejo que nos devuelva nuestra imagen, nuestra identidad.
Mientras no hagamos un nuevo pacto con nosotros mismos, mientras no restablezcamos la relación vertical con nuestra propia alma, mientras no reconozcamos nuestro valor intrínseco dado por lo Divino, estaremos condenados a mendigar migajas de amor y de identidad que nos permita recomponer la imagen en nuestro interior.
La vida humana parece ser la encrucijada en la que lo que se pone a prueba es la resistencia de la identidad ante los embates de las circunstancias. ¿Quién puede sostener su identidad, su integridad, en situaciones difíciles? Pero,
¿qué sentido tiene este viaje de poner a prueba la identidad? Ahora bien, la pregunta más difícil de contestar siempre será: ¿Cómo podemos vivir un día más, una hora más, un minuto más, sin saber quiénes somos?
Miguel Iribarren
Foto
Unsplash Deniz Altindas