La terapia y la vertical de la identidad.

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La vertical de la identidad: desde la personalidad al Ser.

La historia (y el trauma) y la conciencia pura.

La historia es una creación nuestra y la conciencia nos ha sido dada y es lo que somos.

A lo largo de años de practicar la terapia, y sobretodo de estar en compañía y de observar algunos genios de la terapia gracias a mi condición de traductor, he ido destilando algunas conclusiones que me gustaría compartir.

En primer lugar la terapia tiene que ver con el pasado y con nuestra historia personal, con algo que nos ha ocurrido y no hemos podido o sabido digerir, con alguna tendencia difícil de aceptar o de conciliar, o bien con alguna circunstancia de la vida, algo “externo” que nos ocurre, como una pérdida importante, que nos golpea y nos desestructura por un tiempo. 

Para exponer mi comprensión de la terapia, necesito antes ofrecer un pequeño mapa de la identidad humana que nos permita entender de qué estamos hablando. Llamo a este pequeño mapa la “vertical de la identidad”. La identidad es eso que somos. Ahora bien, en distintos momentos de nuestra evolución podemos tener distintas identificaciones, es decir situar la identidad en distintos aspectos de nosotros mismos.

En el esoterismo y en las tradiciones clásicas se suelen distinguir tres niveles de identificación, tres niveles de identidad. El camino de crecimiento personal y de crecimiento espiritual consiste aproximadamente en pasar de un nivel de identificación al siguiente, y después al siguiente. Por otra parte, hemos de saber que cuando uno se identifica con algo “superior”, es decir, cuando traslada su identidad a otro ámbito, se desidentifica o niega lo “inferior”.

Estos tres niveles clásicos son la personalidad, el alma y el ser. Pasamos a definirlos brevemente. La personalidad es lo que creemos ser inicialmente, lo que nuestros padres, la escuela y la sociedad nos han dicho que somos. Se nos ha dado un nombre y tenemos un cuerpo. Poco a poco vamos desarrollando una historia personal, una biografía. En este primer nivel nos identificamos con nuestra historia, con los que nos ha pasado, y tenemos un ideal del yo, una imagen de nosotros mismos de la que nos gustaría disfrutar y que nos gusta plasmar en las mentes de los demás.

Accedemos al nivel del alma cuando nos damos cuenta de que esta existencia es una escuela, de que venimos aquí a aprender algo. La existencia deja de ser completamente aleatoria y sin sentido. Hemos venido aquí para algo. También nos damos cuenta de que probablemente hemos venido aquí muchas, muchas veces y hemos ido puliendo nuestra intención. Cuanto más maduros estamos, con más claridad podemos vislumbrar qué hemos venido a hacer esta vez.

Mucho más “arriba” del nivel del alma está el Ser o el Sí Mismo. Lo fundamental del Ser es que solo hay uno. Compartimos el Ser con todo lo que es. Aquí la identidad se extiende y lo abarca todo. El Ser se mueve como uno. Para poder hacer este máximo abarcamiento, la identidad tiene que ser muy fina, tiene que limitarse a la pura conciencia, conciencia desnuda, dotada de una identidad que no está separada. Téngase en cuenta que estas definiciones son, por necesidad, muy breves y limitadas.

Volvamos ahora a nuestra intención original: elucidar qué ocurre en terapia. Generalmente tenemos algo en nuestra historia, en nuestra biografía, que no nos gusta, que se repite contra nuestro deseo, que nos carga y nos impide brillar. O bien nos ocurre un suceso “externo” difícil con el que tenemos que lidiar inevitablemente. Desde el punto de vista de la personalidad, la circunstancia o la cualidad desagradable y no digerida es parte de nosotros. Creemos que tenemos “defectos”, muchas veces asociados con nuestra identificación con el cuerpo y con la imagen corporal. Desde el punto de vista del alma, cada circunstancia y aparente obstáculo o problema nos ayuda a ampliar nuestra conciencia. Desde el punto de vista del Ser o pura conciencia, el problema ni siquiera existe: forma parte del “sueño” que estamos soñando aquí en la Tierra. Forma parte del sueño de la separación, que desde el nivel del Ser no existe. Desde el nivel del Ser, todo siempre es completo y perfecto, todo está entrelazado y conectado, y se mueve como una unidad.

La idea que propongo es que a veces las circunstancias de nuestra vida son tan difíciles y complicadas que nos obligan, casi necesariamente, a dar un salto en la conciencia para comprenderlas, para comprendernos. Cuando el sufrimiento es extremo, es, evidentemente, una llamada a despertar, en el sentido de trasladarse por la vertical de la identidad hacia un punto de vista más elevado, por encima del campo de batalla, que nos permita dar sentido a lo que nos ocurre. El sufrimiento y el dolor llevan, cuando existe la debida apertura en la mente, a una ampliación de la conciencia.

Por otra parte, desde la personalidad las cosas que nos ocurren vienen de fuera y son ajenas a nuestra voluntad. Aquí existe la tendencia a culpar a Dios de las desgracias y de lo que nos pasa. Por tanto, es normal temer a Dios, aunque es más común que este temor se presente como miedo a la vida, miedo a vivir. Desde el Ser todo lo que nos ocurre lo determinamos nosotros mismos desde fuera del espacio-tiempo, y todo lo que vivimos ha sido elegido por nosotros. Nuestra responsabilidad es total y Dios, que es pura conciencia de unidad, no tiene nada que ver con el viaje del hijo de pródigo, que decide marcharse de casa a un país lejano. Dios se queda esperándole en Casa (Cielo) y le recibirá con los brazos abiertos cuando vuelva.

La historia personal, la biografía, es la hija de la personalidad. Y el dolor, el sufrimiento, el trauma son formas de atraer la atención hacia la historia personal. Nuestra primera tendencia es arreglarla nuestra historia, enderezarla, pero la mayoría de las modalidades terapeutas concluyen que lo único que se puede hacer es llevar más conciencia, aprender. Mi hipótesis personal es que la conciencia pura, la conciencia en sí, es la que quema la historia personal mediante un tránsito en la vertical de la identidad desde la personalidad al alma, y después al Ser. Este tránsito, este quemar la historia, es la verdadera terapia, la terapia definitiva. Quemar la historia nos deja limpios como la pura conciencia, pero, de algún modo, la pura conciencia sale del ámbito de la historia, que es el ámbito humano. Quemar la historia nos devuelve al Ser, a lo que no podemos dejar de ser, vacío de contenido.

Ahora bien, La historia es la unidad de significado en el ámbito de lo humano. Estamos rodeados continuamente por las historias de la Historia, por las historias que se cuentan en las películas, por las historias que se cuentan en los libros, por los cuentos que nos contaron de niños. La historia es la unidad de significado. Y parece que hemos venido a este mundo para ser el protagonista, el héroe de la historia. Este protagonismo, ser especiales, ser los mejores, los héroes, es lo que deseamos para completar nuestra historia, para tener una historia gloriosa. Ahora bien, en algún momento nos sentiremos agotados de historias y nos rendiremos a lo que realmente somos, puro fuego del espíritu o pura conciencia, o como se le quiera llamar.

Creo que la idea de una “vertical” de la identidad puede ser de ayuda para los terapeutas porque les ayuda a ubicar qué quiere y dónde está el cliente, a fin de poder servirle mejor.       

Miguel Iribarren

Foto Astrid Bennett

 

Miguel Iribarren Berrade