EL OJO DE LA AGUJA

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¿Qué es el ojo de la aguja? ¿Por qué es tan difícil pasar por él? Vamos a situarnos en contexto, en el contexto de la práctica del perdón.

Rechazas pasar por el ojo de la aguja cuando te das cuenta de que no quieres perdonar, de que quieres que tu hermano sea culpable y tú víctima, de que quieres tener razón a toda costa, a vida o muerte, de que tu versión de la realidad es la buena, y no hay otra. Cuando estamos plenamente asentados en la proyección, no queremos pasar por el ojo de la aguja. No queremos dar nuestro brazo a torcer, no queremos que nadie cuestione nuestra realidad. Estamos ciegos, sordos y mudos. Estamos apasionadamente aferrados, apegados a nuestra visión del mundo.

Te aproximas al ojo de la aguja cuando te das cuenta de que a pesar de que no quieres perdonar y de que sigues queriendo que tu hermano sea culpable de algo, empiezas a sospechar que no es verdad, que es tu versión personalísima de la situación y sientes o escuchas una voz, un leve indicio, una ténue indicación que te dice lo contrario, que te señala que posiblemente no tengas razón. Aunque quieres tener razón a muerte, empiezas a abrirte a la posibilidad de no tenerla, entonces vislumbras el ojo de la aguja.

Cuando ves el ojo de la aguja estás en la energía que te ha hecho humano. Lo que te ha hecho humano es la negra ceguera del deseo que está dispuesto a renunciar a todo, a la vida misma, con tal de salirse con la suya. ¿No suena esto muy humano?

Y pasas por el ojo de la aguja cuando estás dispuesto a abrir la mano, a soltar, a renuncia a tu visión del mundo, a tu proyección. Este es el verdadero deshacimiento del ego. Este momento es fundamental. Te permites ser deshecho, no tener razón, sueltas el orgullo… y ves que no pasa nada. Te permites ser deshecho, y aunque te defendías como si en ello te fuera la existencia, ves que no mueres. Estás allí, contemplando cómo ocurre, curioso. Consientes en ser deshecho, pero no eres tú quién se deshace a sí mismo; el deshacimiento no podría ser obra tuya ni hacerse sin ayuda. Hay un impulso superior que lo permite.

El ojo de la aguja es ese momento en el que uno va más allá de sí mismo, ese momento en que una voluntad superior se impone al deseo personal desatado, ese momento en el que se escucha una verdad superior. Cuando ha ocurrido una vez, después es mucho más fácil, porque uno se da cuenta de que puede ir deshaciéndose sin que pase nada, incluso se siente mucho mejor. Uno se acostumbra a pasar por la puerta del deshacimiento. Esto es muy próximo al perdón. Pero, una vez más, no es una victoria personal, más bien es una victoria sobre lo personal.

Miguel Iribarren

Miguel Iribarren Berrade