LA ESTRUCTURA DEL KOAN
Nos dicen nuestros sentidos que somos un cuerpo, fialmente reflejado en el espejo. Que vemos, oímos, sentimos algo fuera de nosotros que es real, que está realmente ahí fuera, y que, por supuesto, nosotros no lo hemos puesto allí. Es objetivo, real, autoexitente, independiente y externo. Los sentidos captan esta realidad y en base a ella emiten juicios, juicios basados en el testimonio de los sentidos y en el sentido del tiempo.
Sí, esto parece ser así, pero el koan al que nos enfrentamos cuando estudiamos el Curso es: ¿Es realmente así? Como Neo en Matrix, hay algo que no nos cuadra, algo que no encaja. Un desfase, un interrogante… Miramos esta realidad externa a través de las ventanas de los ojos, pero la distancia hasta ella parece ser infinita, insalvable. En realidad nunca estamos ahí fuera. Entonces, ¿dónde estamos? Y lo que es más grave, entonces, ¿qué somos? ¿Sómos lo que está aquí, de este lado de los ojos? Pero, ¿dónde?
No estamos localizados en ninguna parte y no hay lugar donde podamos trazar la línea, poner la frontera. Somos previos. El mundo está en nosotros. No podemos desligarnos de nada ni de nadie porque todo está en nosotros. Lo abarcamos todo porque no somos un algo, somos algo sin dimensión, previo a la dimensión y a la medida.
Esto, sin duda resulta extremadamente incómodo. Y nos cuesta poco “poner los pies en la tierra” (nunca podemos hacerlo), volver a nuestros sentidos (nunca hemos estado en ellos).
Parece que tenemos una mente y que pensamos con ella. Ahora bien, la actividad mental queda rápidamente superditada a los sentidos. Y así nos permitimos saltar de los sentidos a la mente y de la mente a los sentidos según qué nos convenga más. Cuando la pregunta sobre la identidad se vuelve incómoda, corremos rápidamente a los sentidos, a nuestra forma. Cuando lo que nos habla es el miedo, estamos en los sentidos. Y sin embargo…
La realidad no es una cuestión de percepción, sino de decisión. Tenemos que decidir qué somos. No hay dos realidades. La realidad es una. La realidad siempre es igual a sí misma. Ahora bien, las distracciones son infinitas, demasiado numerosas para contarlas. La seducción de las imágenes, abrumadora, ¿cómo vamos a no darle realidad? Nuestro mundo entero depende de una decisión, y solemos elegir lo más fácil. Hasta que dejamos de hacerlo. ¿Por qué no decidir ser mente y llevarlo hasta el final? Entonces uno se rompe por dentro.
Miguel Iribarren