El ser humano como ser vibratorio.

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Podemos definir al ser humano como un ser vibratorio. Sabemos por la física —teoría de cuerdas— que todo en el universo vibra con vibraciones más o menos elevadas. El universo conocido es energía vibrante, según la conocida fórmula de Einstein E=m.c2

El ser humano es un ser vibratorio. Vibramos con cada pensamiento, con cada emoción y con cada deseo. Lo sepamos o no, queramos o no, estamos vibrando continuamente. Cada pensamiento y emoción que nos atraviesa nos hace vibrar a su son. Nos hace emitir su nota.

Es evidente que los pensamientos, las ideas, las emociones, tienen distintos niveles de vibración o frecuencias. Por ejemplo: hay pensamientos elevados, luminosos, que producen expansión en nuestro campo energético y hay pensamientos de miedo, oscuros, que producen contracción. Por eso es tan importante el contenido de nuestra mente, lo que pensamos. Como vibre la mente, así vibrará el cuerpo, y no al revés.

Ahora bien, el ojo nos ofrece otro testimonio. El ojo nos da imágenes fijas, estables, aparentemente sólidas, de seres y cosas externos, separados. El tacto, y particularmente el tacto sutil, nos ofrece una información más cercana a la vibración.

Podemos postular que los seres humanos nos leemos mutuamente, unos a otros, nuestros campos energéticos: nos leemos la vibración. Y esa lectura de la vibración nos ofrece una información más poderosa y “verdadera” que la comunicación por la palabra. Particularmente cuando la palabra no parece estar alineada con la intención. La palabra puede ser veraz o engañosa, pero la vibración no está sujeta a manipulación. Esta lectura mutua de nuestras respectivas vibraciones es instintiva, a menudo inconsciente, posiblemente responde a nuestra necesidad de seguridad.

Por cierto, esta lectura energética también la hacen los perros y los animales en general, por eso no podemos engañarlos. A los animales no les interesan las palabras, sino solo nuestra vibración, que es la verdad sobre nosotros. Es evidente que cuando decimos una cosa y vibramos según otra, la vibración es más real que la palabra. La vibración nos delata.

Podemos considerar que en nuestra aura circulan pensamientos, emociones y deseos que irradian de los cuerpos sustanciales, materiales y sutiles. El cuerpo físico y los cuerpos sutiles vibran en función de los pensamientos que circulan en la mente. Hay pensamientos de alta vibración que al entretenerlos, elevan nuestra vibración. También hay pensamientos tristes, depresivos, etc. que densifican nuestro nivel energético.

Elegimos una serie de pensamientos a los que dotamos de la cualidad de verdad, es decir, los consideramos verdaderos y los llamamos creencias. Los sistemas de

creencias establecen criterios para aceptar o rechazar los demás pensamientos. Es decir, las creencias determinan el tipo de pensamiento que dejamos entrar en nuestra mente concreta, en nuestro campo energético personal, en nuestra aura.

Las creencias crean una especie de jaula a nuestro alrededor, un escudo, que impide la circulación energética en nuestra aura de ciertos otros pensamientos. En este sentido nos protegen pero también nos aíslan. Las creencias son pensamientos fijos, repetidos una y otra vez, hasta hacerlos sólidos, formas-pensamiento fijadas en nuestra aura/cerebro.

Somos libres de elegir el sistema de creencia que deseemos y somos libres de cambiar de creencias. Las creencias, al haber sido dotadas de la cualidad de verdad, son los pensamientos que usamos repetidamente para crear nuestra realidad. Son los pilares de nuestra realidad que reafirmamos a base de repetirlos. Nuestras creencias establecen y limitan nuestra realidad. Son pensamientos en los que hemos invertido nuestra fuerza de vida, pensamientos consolidados por la fe, es decir, la intención y las ganas de que sean verdad.

Para la mente, la verdad es la cualidad más alta, una cualidad dotada de poder propio ante la cual la mente se abre y se deja impresionar.

Literalmente no hay otra cosa más que pensamientos creando nuestra realidad, porque vivimos una realidad mental. Pensamientos repetidos, solidificados, constantes. Necesitamos volver a pensarlos una y otra vez porque nuestra realidad es absolutamente frágil y necesitamos afianzarla con la repetición. El pensamiento repetido nos salva de la incertidumbre, de la realidad indescrifable, del abismo insondable sobre el que parecemos flotar en una vida inventada, soñada, creada por nosotros mismos. Ante la evanescencia de la realidad necesitamos fijar pensamientos, solidificarlos en realidades estables que nos permitan también una identidad estable.

Por otra parte, la palabra nos afecta energética y vibracionalmente. Hay palabras y frases que, al escucharlas, vibran de tal modo que abren nuestro espacio. La comunicación se produce cuando bajamos las defensas y nos permitimos vibrar con la palabra ajena. Sabemos que hemos comunicado cuando sentimos que alguien ha vibrado con nuestras palabras. Cuando estamos abiertos a vibrar con la palabra de otro y hemos bajado las defensas, nos sentimos comunicados.

Posiblemente lo que la comunicación busca es la vibración en fase, la vibración compartida, en pareja o en grupo. Vibrar al unísono en la misma nota, dejarse traspasar por una vibración común. Cuando compartimos la vibración, nos sentimos comunicados.

Todos sabemos que cuando comunicamos, nuestra vibración sube, nuestra energía se expande. La vida nos llena de otra manera y la vida siempre es algo más grande que lo personal, algo compartido. La vida no tiene sentido dividida y siempre se experimenta entera, completa, indivisible. Por eso nos llena como ninguna otra cosa.

Miguel Iribarren

Miguel Iribarren Berrade