El principio vida.
En nuestra Creación, originalmente, la vida en nosotros se expresa como extensión de comunicación y amor. Como somos vida, nos preside un impulso dinámico, un poder dinámico o vitalidad, que nos lleva a comunicar nuestro júbilo y a extenderlo, intercambiando y renovando el amor, la pureza, la belleza, la transparencia, la alegría de ser, porque ser, originalmente, es bienaventuranza. Por eso agradecemos haber venido a ser.
Cuando admitimos en nuestra conciencia el pensamiento de culpabilidad, se produce una transformación. Nos vemos incapaces de extender amor y el cierre sobre nosotros mismos nos impide la comunicación horizontal con el Hijo de Dios o Cristo, y la vertical con el Padre. Nos impide sentir el pulso del Padre, Su Aliento de Vida. Pero como seguimos siendo esencia de vida, y la naturaleza de nuestra mente no ha cambiado, ahora nuestra vitalidad se dirige a crearnos una vida personal para esa parte aparentemente separada, una biografía, puesto que no podemos dejar de ser lo que somos. Seguimos siendo vida y nuestra vitalidad dinámica necesita expresar una continuidad, una extensión que ya no podemos hallar intercambiando amor. Por tanto proyectamos esa continuidad en el tiempo, en la creación del tiempo. Es la caída en el tiempo.
La vitalidad y la vida que antes rebosaba en comunicar amor ahora pasa a estar invertida en generar tiempo, y con el tiempo nace una vida personal separada. El tiempo es el tejer por parte de nuestra vitalidad (vida), en el ámbito de nuestra mente, de un espacio personal separado, diferenciado, donde los agravios vividos en el pasado y no resueltos, los agravios a nuestra identidad, generarán defensas y serán proyectados a la creación de un futuro igual al pasado, pero donde nosotros hayamos aprendido la lección y estemos preparados para parar los golpes del mundo, de la fortuna o de nuestros hermanos.
El pasado está vivo y existe en nosotros porque parece que algo quedó sin resolver y entonces proyectamos un futuro en el que lo no resuelto se resolverá. Aquí es donde quiere tenernos el sistema de separación o la mentalidad de separación. Esto supone de manera evidente una identidad fragmentada —porque sus fragmentos se han ido quedando en situaciones de pasado que ni siquiera existen—, además de temorosa, aislada y llena de necesidades. ¿A alguien le suena esto a la vida humana?
En el descenso de la identidad, lo que antes era Pura Vida pasa a ser imagen frágil, caracterizada por atributos parciales, que hay que defender a toda costa y temorosamente para no fragmentarse y debilitarse todavía más. Una imagen no es algo vivo, sino algo fijado, estable y dado, débil porque hay que defenderla ante el embate de las circunstancias. Somos de algún modo, idólatras: adoradores de imágenes, y no vemos la vida que está detrás.
Ahora bien, podemos llegar a darnos cuenta de que ya estamos viviendo en el siempre de la eternidad. Es una dimensión que ya está permanentemente en nosotros, y es una dimesión preexistente que no podemos evitar porque no la hemos creado nosotros. Lo que sí hemos creado es la dimensión de la charla continua, del parloteo, del pensamiento cerebralizado y fragmentado que nos mantiene maniatados. Ese poder vertical del ahora no podemos evitarlo. Es lo que sustenta nuestra vida. Lo que es falso y no está en ninguna parte, excepto en nuestra memoria, es el pasado. Nos timamos a nosotros mismos recreándolo incesantemente, anclado en emociones de baja vibración (vergüenza, resentimiento, miedo, tristeza, pena), para conservar una identidad separada, identidad que por el hecho de ser irreal tenemos que recrear constantemente. Y lo hacemos mediante el proceso de pensamiento ininterrumpido, que nos habla constantemente de nuestra identidad. Esa identidad individual es un gran esfuerzo por tenerlo todo atado y en orden.
El ahora, el siempre, es el ser, nuestro hogar que no podemos evitar y del que no podemos salir porque es nuestra naturaleza y no nos hemos creado a nosotros mismos. Aquí hay un principio de humildad que debe sustituir por un lado a la indagación y por otro a la ignorancia. Si no nos hemos creado a nosotros mismos, no podemos “matar” nuestro ser ni acabar en forma alguna con él. El suicidio físico no lo conseguirá. Lo que sí hemos creado y seguimos creando es nuestra biografía, nuestra historia de vida. Pero nuestra historia de vida no es, o al menos no tiene por qué ser, nuestra identidad.
El ser en sí es inasible, inexpugnable para la mente, vertical como una muralla, pero plenamente disponible a la experiencia precisamente porque es la base de toda experiencia. Es demasiado simple. Anterior a todo. El ser es el regalo de Dios. Nosotros lo comprendemos como existencia. Pero el ser en sí carece de atributos porque los atributos son objetos de la mente concreta, que realiza una labor de diferenciación. Desde dentro del principio vida todo es uno y se extiende como vida. Vida es posiblemente la mejor definición del ser. La experiencia de ser es pura vida, impersonal, sin atributos, y se podría decir que sin sujeto.
No estamos acostumbrados a la experiencia sin sujeto, por eso hacemos del yo un universal, la forma que toma la conciencia. En este sentido, el yo es lo más democrático del mundo, ya que se extiende o se atribuye a todo ente, de cualquier categoría evolutiva. Por eso el yo es la primera extensión de la Divinidad y lo que todos los entes tienen en común. Es el lenguaje común. Los supuestos entes, aparentemente existentes, pueden comunicarse sobre el lenguaje común del yo.
El principio vida hace que seamos eternamente creativos y creadores, dinámicos. La vida misma es la base de nuestro Ser y es Dios. Posiblemente Vida es una de las mejores definiciones que apuntan hacia Dios. Lo que sí podemos decir es que es un Potencia Dinámica y que se expresa a través de nosotros. Como potencia creadora somos responsables de nuestra vida personal, pero hemos de tener en cuenta que está teñida por la culpabilidad y el autocastigo.
La vida es lo verdaderamente sagrado. No cuesta inclinarse ante ella porque eso es lo natural. Y seguidamente, en la brecha de conciencia creada cuando no estamos plenamente identificados con la vida, la relación que establecemos con ella es de agradecimiento infinito, pues nos concede una ventura inmerecida, la de estar vivos. No es inmerecida porque pueda ser merecida. Simplemente es un regalo. Y cuando se recibe un regalo, basta con agradecerlo.
Evidentemente el principio Vida no tiene una forma diferenciada, no tiene una identidad diferenciada, porque es un principio absorbente, incluyente, sintetizante, un agujero negro del que nada puede escapar. Es fuente y origen. Es potencial actual y vitalidad. Es el Todo interno, multifacético pero uno, henchido de Poder Creador, que genera y deshace las formas. Es pura potencia y mismidad.
Miguel Iribarren